MEDITACIÓN BUDISTA ZEN

VEN. DR. HYOENJIN PRAJNA: Obispo y Abad Regional de México de la Orden Zen de Cinco Montañas, es monje y guía maestro de la sangha MBZ, recibió Inga el 16 de julio 2017, y recibió los 250 votos del Bhikshu (monje) el 22 de julio 2016 por el Ven. Dr. Wonji Dharma. Ven. Hyoenjin es originalmente de Kansas City, Missouri, USA y ha vivido en Guadalajara, México desde 2000. Tiene más de 45 años experiencia en meditación, dos maestrías (psicología y estudios budistas), y un doctorado de Psicología Oriente-Occidente investigando métodos de meditación en las tradiciones espirituales del Oriente. Ven. Hyoenjin imparte clases, conferencias universitarias, charlas Dharma, retiros y talleres sobre el buda-dharma además de citas individuales para orientación y estudio personalizado.

Un Obispo (Maestro Zen) es un miembro del clero que, después de haber recibido Inga, preside sobre una o más congregaciones. Esta posición incluye responsabilidades de supervisión sobre la comunidad de practicantes y los líderes en esa región. Un obispo sirve como guía e instructor en asuntos religiosos; y es a menudo el fundador y líder de sus congregaciones.

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jueves, 24 de febrero de 2011

Bailando Con Las Estrellas

BAILANDO CON LAS ESTRELLAS
Por
Ozmo Piedmont
Journal of the Order of Buddhist Contemplatives
Otoño 2008

Yo era un bailarín durante muchos años en Nueva York.  Algunas de mis experiencias más memorables me pasaron mientras estaba bailando, la cual la más importante me ocurrió hacia el final de mi carrera como bailarín cuando todavía estaba en la cima de mis habilidades y fuerzas.  Estuve en un cruce de cambio de carrera, pasando del baile a la psicología.  Me había despegado a la ilusión de ser famoso o hasta una estrella, y continuaba bailando unos meses más por puro placer.  El baile es muy parecido a la meditación.   Cuando nos sentamos a meditar, lo hacemos sin expectativa ni apego a lo que vaya a traer o resultar.  Cuando hacemos nuestra meditación por los imaginados beneficios o premios que nos traerá, nos disminuye la experiencia directa en el presente.  En la vida igual, mientras me apegaba a las fantasías de fama y fortuna en un futuro distante, me quedaba insatisfecho y en un estado constante de agitación, llegando a mi desilusión y apartándome de la práctica del baile.  Sin embargo, la práctica misma del baile tiene su valor, como cuando Dogen escribe “hay sólo una cosa – práctica duro, porque esto es la iluminación verdadera.”[1]  De igual manera, se disfruta el baile por su práctica en sí, fomentando algo bello surgir por medio de la participación entre el cuerpo, la mente, y el corazón.  Cuando de veras esto se manifiesta, el mundo se vuelve una hermosa obra de arte. 

Había estudiado el baile por muchos años desde la adolescencia hasta vente tantos años.  Después intentando ganar la vida en el mundo de arte y espectáculo, me sentía muy desanimado.  Ya había estudiado ballet en varias academias en la ciudad de Nueva York, siempre en medio de profesionales talentosos de todo el mundo.  Me comparaba demasiado mi talento a los demás, sintiéndome frustrado en lograr el ideal de perfección.  Estuve al punto de perderme el sueño de ser un bailarín profesional.  Claro, esta forma de pensar se había creado una brecha, creando opuestos entre perfección/imperfección, bueno/malo, y juicios angustiados obscureciendo mi experiencia directa del baile.  Esta brecha era mi autoengaño, mi propio ego diciéndome, “No tienes mucho talento, jamás lograrás su meta, el bailar en sí no es suficiente para satisfacer tus deseos.”  Mientras guardaba esta creencia errónea de lo que la mente me dijo, me sentía abatido y descontento con la vida. 

No obstante, siempre hay esperanza que se puede despegarse de las ataduras del ego, que se puede tener la experiencia directa de la Verdad.  Para mí, esta experiencia llegó bien claro una tarde en la escuela de ballet.  Me pasaba por los ejercicios rutinarios de calentamientos, estiramientos, y movimientos de preparación, sin ningún deseo de demostrarme mi valía a nadie.  Mi ego pequeño estaba comenzando a apartarse de cualquier expectativa.  Hacia el final de la clase, el maestro nos dio una serie de pasos que comenzaron en un rincón del salón de baile y luego serpenteaban diagonalmente al
otro rincón.  Los reflejos en los espejos y las miradas de la gente siempre me habían atado antes con dudas, críticas, y juicios,  basados en la personalidad pequeña del ego.  Pero por alguna razón, esta vez fue diferente.  Lo solté todo.  No estaba bailando para impresionar a nadie, ni para ganar algo.  Estaba en el momento, sólo bailando, nada especial, nada fuera de lo común, sencillo.  Pero justo en la sencillez ocurrió la bendición. 
Los pasos comienzan.  Mi cuerpo se mueve y gira sobre el piso.  El piano de cola toca un vals de ritmo alegre alentando mis pasos.  La luz del sol entra a raudales por las cortinas translúcidas frente a los ventanales enormes desde el piso al cielo raso.  Deslizo sin fuerza, enfocándome en los pasos, sintiendo la música, soltándome al vacío.  No comprendo lo que se está pasando.  Me dejo bailar, sólo bailar, y justo allí, entro por la puerta de amplitud.  Continúo la secuencia de pasos, la música aumenta, llegando a la cima de su punto culminante, mientras doy vuelta, giro, y salto al aire: me siento volando.  De repente el momento se extiende hasta la infinidad…el salón desaparece…soy libre…desbordando de felicidad…completo…uno con el universo.

Luego se acabó la secuencia al final del salón.  Sabía que algo importante acababa de pasarme, pero no tenía palabras para describirlo.  Lo que terminó en un ilusorio momento del tiempo, comenzó la búsqueda de mi vida. 

La búsqueda para entender lo que me pasó me llevaba por una vida,  dejando el mundo del baile, pasando a un viaje a la India, mudándome a California por estudios doctorales en el campo de psicología transpersonal, y finalmente llegando a México.  La búsqueda continuaba por décadas, pero siempre algo me perseguía.  Luego, hace un par de años, cuando comencé la práctica del budismo Soto Zen, algo se aclaró.  Me di cuenta que siempre había buscado algo fuera de mi, algo extraordinario que me cambiara la vida.  Ya he aprendido que la felicidad no se encuentra en un sueño lejano, sino más bien justo aquí en el presente.  Se la encuentra en la vida cotidiana en la que todos vivimos. 

Dogen aclara este punto muy bien, escribiendo: “El koan aparece naturalmente en la vida cotidiana.”[2]  La búsqueda se había comenzado el momento que experimenté lo inefable.  No tenía el esquema entonces para comprender lo que pasó.  El ego continuaba engañándome con sus promesas incumplidas de deseos, anhelos, y recompensas futuras.  No obstante, algo me llamaba.  La personalidad pequeña jamás puede entender por completo lo que es la Verdad, siempre juzga, divide, compara, pospone, y crea la brecha de la experiencia llegando a la creencia equivocada que todos somos de alguna forma defectuosos.  Cuando por fin terminamos buscando algo externo a nosotros mismos, algo en un futuro distante, algo que se puede obtener o ganar, cuando nos desconectamos de este autoengaño, descubrimos la Verdad esencial siempre presente, nuestra Naturaleza Búdica, la armonía impregnando toda experiencia.  No hay ninguna brecha o diferencia entre la meditación sentada y la vida.  Cuando nos sentamos, lo hacemos con sencillez.  Nos rendimos a ese momento.  Nos abrimos al universo. Observamos los pensamientos como pasan por la mente, como bailarines flotando por el salón, se ven, se van, moviéndose, justo en el presente, experimentándolos así el momento se convierte en eternidad.

Muchas veces pasamos por alto el presente buscando el futuro.  Vivir aquí y ahora tiene su propio valor.  No hace falta convertirlo en algo más. Realizando nuestras actividades diarias, nos damos cuenta de la quietud impregnando todo.  La personalidad pequeña comienza a rendirse a esta quietud.  La mayoría de nosotros no podemos creer que sea posible.  Nos complicamos nuestras vidas y mentes con todo tipo de ataduras y deseos, pensando que estos nos harán felices.  Creemos que si podríamos tener un poco más de dinero, o un trabajo ideal, casándonos con la persona perfecta, u obteniendo algo más allá del presente, seríamos entonces felices.  O hacemos lo contrario, pensando que si sólo podríamos evitar lo desagradable, evadir la persona que no nos cae bien, escapar el dolor que sentimos, todo sería bien.  Pero no funciona así.  Nos atrapamos en los mismos patrones de delusiones creyendo que la Nirvana es justo un poco más allá en el futuro, sólo un poco fuera de nuestro alcance.  Esta creencia nos liga a nuestro karma y sufrimiento, un ciclo continuo de deseos, acciones, e insatisfacciones.  Poco a poco, aprendemos por la meditación sentada, ser aquí y ahora, enfrentando lo que se presenta.  Aprendemos experimentar la vida con la misma presencia como cuando nos  sentamos.  Nada está fuera de nuestra práctica y meditación.  En cierto sentido, todos aprendemos a ser mejores bailarines.  Quisiéramos bailar, pero no sabemos como. 

Este es mi koan, un acertijo espiritual de la vida: ¿Cómo puedo bailar con los demás? Me veo como parte de un equipo, realizando el trabajo en la mejor forma posible según lo que sabemos. Sin embargo, muchas veces bloqueo el paso natural del trabajo. Mi personalidad pequeña quiere tomar todo control del baile, sin consideración del otro bailarín, de sus sentimientos, sus miedos, o su esperanza de mejorarse.  Cuando recuerdo bailar según los Preceptos de práctica, el baile se vuelve una invitación a los demás bailar conmigo, a un ritmo basado en armonía, interdependencia, y confianza mutua.  Cuando me deshago de mis prejuicios y exigencias, comienzo a bailar con amor y respeto, revelando lo mejor de mí mientras sigo los pasos del día.  Comienzo a ver el “baile” del trabajo desde perspectivas frescas.  Veo los talentos de otros, sus habilidades de contribuir al bienestar del ambiente laboral. Es como si yo estuviera aprendiendo bailar conjuntamente con los otros.  Estoy aprendiendo prestar atención a los otros y sus necesidades, tomando el tiempo de darles apoyo con una palabra amistosa, un gesto considerado, o un pensamiento amable. 

A veces guío el baile, otras veces lo sigo.   El baile no puede funcionar si todos tratan de guiar a la vez.  Algunos aprenden por ejemplo. Nos miran mientras practicamos, llevando a cabo nuestras responsabilidades e interacciones con otros.  Este es la práctica continua, aplicando lo Preceptos del Buda como si estuviéramos aprendiendo los pasos de un baile.  Eventualmente debemos dejar de pensar racionalmente en los pasos, dejando la presencia de la Verdad emerger y expresarse plenamente por medio del movimiento.  Nuestras vidas llegan a ser guiadas, como los pasos coreografiados,  diestros y dignos, momento por momento, en el trabajo, en la casa, cocinando, limpiando, conversando con nuestras parejas, resolviendo los desafíos de la vida, cada paso siguiendo el otro con gracia, todo perfecto en su simplicidad: “El koan aparece naturalmente en la vida cotidiana.”[3]  Dogen enseña los pasos a una vida equilibrada, la coreografía para liberar nuestra creatividad potencial.  De tal manera, nos liberamos, “bailando con las estrellas.”


[1] Gran Master Dōgen, Reglas para la Meditación.
[2] Ibíd.
[3] Ibíd.

sábado, 19 de febrero de 2011

Conceptos Fundamentales

CONCEPTOS FUNDAMENTALES


LOS CUATRO VERDADES NOBLES
  1.  La Vida es sufrimiento
  2. Deseo causa el sufrimiento
  3. Elimina el deseo para eliminar el sufrimiento
  4. Elimina el deseo siguiendo el Sendero Óctuple

EL SENDERO ÓCTUPLO (THE EIGHTFOLD PATH)
  1. Recto Comprensión
  2. Recta Intención
  3. Recta Habla
  4. Recta Acción
  5. Recta Sustento
  6. Recto Esfuerzo
7. Recta Atención
8. Recta Concentración

EL ORIGEN CONDICIONADO
  1. Ignorancia
  2. Acciones volicionales
  3. Consciencia Re-conectiva
  4. Cuerpo-Mente
  5. Los Seis Sentidos
  6. Contacto
  7. Sensaciones
  8. Deseo
  9. Adhesión
  10. Existencia  
  11. Renacimiento
  12. La Vejez, La Muerte, El Sufrimiento

LOS CUATRO VOTOS DEL BODHISATTVA
  1. Aunque los seres sean innumerables, prometo salvarlos.
  2. Aunque las pasiones sean inagotables, prometo transformarlas.
  3. Aunque el Dharma sea ilimitado, prometo comprenderlo por completo.
4. Aunque la Verdad del Buda sea infinita, prometo conseguirla.

LOS SEIS PARAMITAS
  1. Caridad.
  2. Moralidad.
  3. Paciencia.
  4. Esfuerzo.
  5. Meditación. 
  6. Sabiduría.

LOS CINCO LEYES DEL UNIVERSO
1.       El Mundo no obedece a mi deseo personal.
2.      Todas las cosas fluyen.
3.      El mal será conquistada y el bien prevalecerá.
4.      La Karma es inexorable.
5.      El deseo a la Iluminación, el conocimiento intuitivo de la Naturaleza Búdica viene a toda la gente.

LOS CINCO AGREGADOS Ó SKANDAS
  1.  Forma
  2. Sensaciones
  3. Pensamientos
  4. Actividades Mentales
  5. Consciencia

LOS TRES VENENOS
  1. Codicia ó Deseo
  2. Aversión ó Frustración
  3. Desilusión ó Confusión

LOS CINCO OBSTÁCULOS
  1. Deseo Sensual
  2. Mala voluntad
  3. Pereza ó torpeza mental y física
  4. Intranquilidad ó preocupación
  5. Duda

LOS OCHO ASPECTOS DEL DESPERTAR DEL GRAN HUMANO

  1. Despegarse de los cinco deseos:
a.       Ganancia, b. Fama, c. Sexo, d. Comida y Bebida, e. Apatía
  1. Satisfacción
  2. Soledad
  3. Determinación
  4. Comprensión Correcta
  5. Concentración Correcta
  6. Sabiduría
  7. No entrar en discusiones ni argumentos intelectuales


LOS SIETE FACTORES DE LA ILUMINACIÓN
  1. Atención Vigilante
  2. Investigación
  3. Energía
  4. Éxtasis
  5. Tranquilidad
  6. Concentración
  7. Ecuanimidad  

LOS CUATRO MORADAS DIVINAS
  1. Amor Benevolente
  2. Compasión
  3. Alegría Altruista
  4. Ecuanimidad

LOS OCHO SUBDIVISIONES DE LA CONSCIENCIA “VIJNANA”
1. Consciencia visual, 2. Consciencia aural, 3. Consciencia olfatorio, 4. Consciencia gustativo, 5. Consciencia táctil, 6. Consciencia pensativa.
7. Consciencia-Egóica “Manas”
8. Consciencia Básica ó Universal “Alayavijnana”

viernes, 18 de febrero de 2011

The Precepts

The Precepts:  Our Refuge, Our Goal, Our Realization of Truth
By
Ozmo Piedmont, PhD


It is amazing how truth can be found everywhere and in every experience.  I was ill recently with a severe flu, thinking that the symptoms would soon diminish through bed rest and quiet.  But instead, for several days I lay in bed suffering all the physical symptoms of high fever, chills, loss of appetite, aches and pains, headaches, confusion and fear.  I had no energy to either move or go to the doctor.  However, this illness was a teacher. 
In the midst of the chills and fever, I could see my negative karma from an entire lifetime appear before me.  I could see choices I had made that had caused my own and others’ suffering.  I felt a deep sadness and regret for what had passed.  Along with this regret was a self criticism, a fear that I was not good enough, I had somehow failed in reaching some goal of spiritual perfection.  However, in seeing this criticism of myself, I could also see that I had often criticized others, that I was judging them in subtle ways that lowered them in my eyes, putting myself in a delusional sense of superiority.  At that moment, something clicked, since I remembered that two of the precepts had to do with not criticizing others, “Do not speak against others” and “Do not proud of yourself and devalue others.”  These precepts are not just rules to be followed, but are actually a key to removing the obstacles that keep us bound to the Wheel of suffering and samsara.  Buddha mentions five obstacles that keep us from realizing the Truth of who we really are: 1. sense desire or greed, 2. ill will, 3. laziness, 4. restless or worry, and 5. doubt.  In criticizing others, I participate in three of the obstacles: 1. I am engaging in ill will towards others, 2. I am manifesting fear and worry as I compare myself to others, and 3. I express doubt about myself through an insecurity that seeks to elevate little self over and above others.  In criticizing others, I am essentially criticizing myself, and in so doing, I am judging myself, seeing myself as inferior and undeserving.  And it is this judging that keeps me from being free.  If, on the other hand, I can let go of criticism, I can begin to see the perfection that is always there. 
At this point of my illness, I was beginning to feel my life energy slipping away, and I could see my ego structure as an empty construct of ideas and concepts, beliefs and fears that were loosely held together in a belief of a limited, constricted sense of little self based on fear, doubt and confusion.  There was now only a very thin transparent film separating this little self from death.  I wondered if it had all been worth it.  There was a part of me that needed to decide whether I should just let go, since I was feeling so much physical pain, and just slip into oblivion, or whether I should continue to fight to hold on to this life.  I consciously decided that this was not the time to leave, that there was still much work to be done.  But if I was to remain, I needed to find a reason beyond thought.  I needed to know the Truth of who I am.  As my fever and flu increased, I felt this little construct of personality begin to collapse, no longer able to function, seeing the collection of ideas and constructs fall away, and feeling doubts, fears and anxieties to rise up, as if Mara were challenging all that I thought I knew.  Although I had physically nothing to show for it, I needed to find the value of a lifetime of dedication and practice.  I resolved to stay conscious, to invite in all the fears, to discuss with Mara all the doubts arising, and to find the Truth.  All my book learning and theories were empty, and doubt began to overwhelm me that all was an error, my life had been a waste, and I doubted if there was anything at all, whether there was anything as true peace or Divinity.   At my lowest point, I had to admit that I knew nothing, was nothing, and that I had nothing to give.  Nevertheless, an extraordinary realization began to dawn in me.  I realized that “nothing” was not all that bad, in fact, it was comforting.  Perhaps nothing is the whole point, the emptiness of the Unborn is found in the spaciousness of no thought, no concept, and no construct.  I knew I had truly committed my life to meditation, spiritual practice, and dedication to the precepts.  What I had to admit is that the ego, and all its thoughts, is not real, just an empty shell.  I could see that shell was now beginning to fade, draining away its energy, strength, and ambition.  I could no longer rely on any thing that I had read or thought of as being true, since this was in the realm of ego thought constructs which seemed to fall away with the collapse of the ego. 
At this point, I literally offered my life up to the Divine in faith, trusting that perhaps my sense of loss and regret was merely an aspect of ego, and therefore not the Truth of who I am.  Although I had nothing at all to show for it, in the end, if this were my last breath, I offered up this life of practice and spiritual effort to the Divine and I asked for help.  I could truly say I had done my best.  But to whom was I offering?  And what was being offered?  This is when I began to see the meaning of emptiness.  The only thing I could definitely know was that all is empty, spacious, and infinite in its limitlessness.  Here there are no ideas, no theories, there just is That, pure in its emptiness, neither needing anything nor requiring anything of me.  I began to understand that the practice based upon the precepts is inherently complete and real.  Each time I choose to follow the teachings of the precepts, I am choosing to align myself with Buddha, and that Buddha Nature is inherently empty, pure, Immaculate.  There was a great comfort in acknowledging the spaciousness of nothingness, a surrendering to the Infinite that is always complete and whole, beyond emotion and thought, embracing all that arises, and to which all returns. 
I began to have a vision of the entire universe opening before me, and although I was conscious and still individual, I felt myself merging into and becoming one with the universe.  I could see infinite stars and galaxies spreading out before me, and I was a part of them.  I was beyond emotions of feeling good or happy.  It was just an awareness of the way things are.  We are both the One, and we are individual.  I could also see that my regrets, doubts and fears, criticisms, and angers, were all limits that got in the way of seeing the purity and spaciousness of who I am.  Yet, I had a sense of trust in the Truth of the Infinite, that all was for the good, that the purity and perfection of Buddha Nature does not depend on any state of mind, nor on any feeling of happiness, goodness or even peace. It is much more than that, it is a knowing that we are essentially this emptiness, complete and perfect just as we are.  I realized that by holding on to the Precepts, by not buying into the karma of negative choices, regrets and doubts, to realize I am not those limits I had believed myself to be, by choosing in every act to follow the precepts, then I am choosing to live freely, I am choosing to be that spaciousness, no longer blocked by ideas of right and wrong, nor emotions or regrets.  That although I must live with the consequences of my actions, I can still be free, knowing that the precepts are the living Buddha, and that Buddha-ness fully expresses itself in this life as I choose to follow the precepts, I become clear, I am the Truth of emptiness, as the sky is the Truth of emptiness that is never diminished by the clouds of feeling, emotions, and the thoughts that pass through it.  The precepts are Life itself.
I now could understand Truth on several levels.  I am both this individual consciousness that is One with the Eternal consciousness, that there is nothing that is ever lost, that death truly has no hold on us, because death of the ego and the body is not the death of who I really am, this Consciousness that is not based on anything, which is eternal, which has no beginning and no ending.  It is beyond all emotions or states.  It simply IS, and although the body and even the mind do end, Conscious IS, and it is eternal.  Every time I choose to live according to the Precepts, I am waking up to Consciousness within the Emptiness, and that is beyond words or concepts, which just IS. 
At the point I began to take medications for the flu, I felt the vital life force rush into my body and cells, as if the door to a prison cell had just opened, allowing sunshine and clean air to wrap themselves around me.  The little imprisoned self was now free to function as it does normally.  I felt appreciation for the little self, the ego, to do what it does, like a computer that processes information and keeps things organized.  I could see now that the awareness of spaciousness could be trusted beyond all states of the little mind.  In fact, the mind and the ego are perfect just as they are.  They are wonderful tools that allow us to practice and meditate, that it is because we can use the body and we can choose to practice that we can experience in the here and now our Illumination.  How beautiful and perfect are ego and body.  There is no need to eliminate anything.  All is a part of the Eternal, and all is participating in the practice of applying the precepts, which is Buddha himself, the conscious choosing to align with That in every moment.  Therefore, although the ego is a construct, it is a wonderful construct that expresses the Infinite when we continually choose to sit and not do, when we continually refrain from the negative patterns of karma, and we continually choose to act as Buddha, we then become Buddha, continually discovering in ever deeper and deeper ways what that means.  The Precepts are both our map as well as the goal, the body of Buddha manifesting in our consciousness.  Our lives become an act of Grace, appreciation, and surrendering to that Immaculacy. 
For some reason my karma is such that illness and physical challenges have been a gateway to the Unborn.  It is enough to know the Unborn.  All that life teaches, in whatever form, through whatever karma, is a blessing.  I bow down to the Infinite wisdom, and feel deepest gratitude for the insights and understanding that come through this experience of life and the application of the Precepts. 


The Lotus of Light

THE LOTUS OF LIGHT
By
Ozmo Piedmont, PhD


In October of 2009 I was diagnosed with heart disease, a 90% blockage of a main artery in the center of my heart.  Overnight I went from working full time as a high school philosophy professor to lying in a hospital bed, afraid to move, worrying that any strenuous effort might cause a heart attack.  I had been complaining of pains in my chest months before, revealing a high cholesterol count.  As follow-up, I went into the hospital for a (heart probe).  Lying on the table, I watched a screen while a wire catheter was passed up through my leg and into my heart.  The discomfort was not so much physical, as was the fear of knowing I was looking inside my own heart.  This was symbolic of what my practice would be for the future: looking into the physical, emotional, and spiritual heart of my being. 

Fear is an overwhelming obstacle to our wellbeing.  Bhikkhu Bodhi, in his book The Noble Eightfold Path, points out that fear is an aspect of worry, one of the 5 main obstacles to our liberation from suffering, the other four being sensual desire, ill will, mental and physical torpor, and doubt.   These obstacles appear due to our mis-identification with little self.  One is urged to apply right effort to overcome these obstacles through meditation, practice and the understanding of the Truth of who we are:  the Oneness of the Eternal manifesting itself as the infinity of apparent forms we perceive ourselves to be.  Through diligent practice, we begin to disengage from our mistaken beliefs that cause lifetimes of suffering, and instead begin to understand our connectedness to the Infinite though our nourishment of the seven factors of enlightenment, which are both the goal to our practice as well as the process.  These factors include mindfulness, investigation, energy, ecstasy, tranquility, concentration, and equanimity.  Of course, this is easier said than done.  Lying in that hospital bed, I feared the death of this body, and doubted whether anything would survive. 
In the following weeks, this became my koan:  “What, if anything, will survive death?”  I questioned my teacher, Rev.  Master Meiten, asking,   “If we are not the ego, nor the skandas (aggregates) of material/form, nor the sensations, perceptions, and samskaras of mental formations, nor this ego consciousness, then what are we? Are we pure universal consciousness itself, as referred to by the term Alayavijñana, beyond duality, form, and appearances?   Rather than give me a definitive answer, she addressed the underlying problem.  “Where is this coming from?” she asked.  “You have been practicing for some time now, so what is the problem?”  I had to admit, choking back the tears, “I am afraid of death”.  “Well of course,” she replied.  “You have been through so much in the last few weeks, it is natural you would feel this way.” “Bring it to your meditation,” she urged me.  “Sit with it and you will find the answer.”   Somehow, just her acknowledging my fear, without judgment, was a comfort.   
I began to work with and through my fear.  When it arose, I began to use mindfulness to see the fear as any other strong emotion, observing the sensations and thoughts that arose as a result in the body, while resisting the tendency to attach to them as reality.  Remembering the Dharma and practice, I would remind myself, “Perhaps I am wrong.  Perhaps this fear is not based on reality.  Perhaps I am fearful because I am attached and identified to this limited body.”   This had a calming effect that allowed me to begin opening myself to guidance from another level, from the Source itself.
 What first emerged was a need to find a new approach to healing, one that would be more holistic and which would address my being on more than just the physical level.  Perhaps this healing was on multiple levels, emotional and spiritual as well.  So I opened myself, trusting in the Unknown, asking “What is the next step?”  There emerged in me a strong feeling that I should seek a holistic healing center.  I went into the internet, put in the key words of holistic healing, and the first entry was a center not more than 10 blocks from where I live.  I saw that the center incorporated both Western and Eastern healing practices, including both homeopathy and Chinese medicine.  Since the Western doctors had told me there was basically nothing we could do to reverse the clogged artery, just maintain me on medications to ease the symptoms, I knew I needed something to empower me, to give me hope, to cure the roots of the disease itself. 
I contacted the holistic center inquiring whether they could help me regain my energy, which had been waning more and more over the past several months.  They put me on a regimen of homeopathic drops of various herbs and flowers, as well as a special diet that eliminated all refined foods, chemicals, preservatives, and dairy products.  It was a drastic shift in my normal lifestyle, but I found that with a few weeks, I felt completely different.  My energy returned.  In fact, it more than double, and I was beginning to feel more at ease with myself and others.  At about the second month of treatment, the doctor, a former surgeon who had left his practice to study Chinese medicine and healing, commented to me that often the body manifests symptoms that have arisen on an emotional level.  I asked him what in his opinion did heart disease mean.  He commented that in the Chinese system, heart disease could be related to a deep sense of betrayal.   Something clicked inside of me when he said this.  Of course, I thought, I have experienced many times in my life a broken heart through failed relationships, which felt like profound betrayal, creating a desire to wall off a part of myself for protection and safety.  However, though it may have been necessary in the past for my survival, now I had an opportunity to remove the walls, to find a trust in the Divine, manifesting as trust of others, which could perhaps support my physical healing. 
One of the gifts of practice is seeing the blessing in all that arises.  While I had been in the hospital, many friends and relatives prayed for me.  Some came to visit me.  Others brought me treats and books.  One went so far as to sneak in a delicious omelet, since I had been living on little more than salad for several days.  Another friend, knowing I was confined to my bed, came to give me a sponge bath.  Lying there, I felt so cherished, like a child cared for by his mother.  Here was the embodiment of Kanzeon, the bodhisattva of compassion, sitting beside my bed, quietly bathing my body, showing her love in action.  This was such a loving act, one of many that opened my heart to the deeper meaning of surrender and acceptance that is there for us all.  I began a process of deep surrender in the weeks that followed. 
Nevertheless, many worrisome questions continued to plague me.  Would the doctors have to operate?  Should I be treated by Western medications only?  Could I return to work in the future?  Would there even be work to return to, since one semester had ended and the next begun.  There were so many questions, and the possibility of so many doubts.  However, it became obvious to me, if I identified with the never ending stream of fears and doubts, I would be paralyzed, incapable of acting on my own behalf and unable to be of any assistance to anyone else either.  But what choice did I have?  The answer became clear as I quieted my mind through meditation.  I remembered the words of Rev. Master Meiten many times urging me to let go, to trust in the Divine, and focus on the present, asking in our hearts, “What is it good to do now?” What seemed good to do was to take the extra time for deeper meditation, along with reading and study of the Dharma.    I soon found myself designing a whole course on the Eightfold Path for a meditation study group of which I am a participant.  In so doing, I was reminded that through right understanding, including why we suffer, how we get confused about who we are, and how this ignorance plays itself out in a cosmic play of karma, we can all free ourselves from conditioned living based on small self concerns.   Slowly, along with my physical healing, I began to heal the spiritual heart.   I began trusting the deeper wisdom as well as the process itself.   I started thinking, if it is my time to die, I choose to go in peace.  If it is my time to live, then I choose to live in peace.  Either way, I choose peace.  Somehow, in the acknowledgement of my limitations to solve the koan of death, I began to free myself from the bonds of this body-mind and the karma it carries.  This body contains the result of all the limited choices we have made in the past, our karma based on ignorance, which brings us to a misidentification with a limited ego consciousness based on selfish desires and a belief of separateness.    The irony is, in choosing peace, in choosing trust and love, the aspects of our Buddha Nature, we learn to forget ourselves as small identities based on fear, doubt, and separation.  We learn to get on with the work at hand.  We become expressions of that which is eternal, love, compassion and acceptance of all that is, including both life and death.   In choosing to trust, I experience my wellbeing, a sense that it is all good, that there is value to all we do, that all has meaning.  We can choose to align and connect ourselves to this wellbeing through participation with the Sangha, through acts of kindness, and through teaching by example, not giving into despair, continuing to love and share.  It becomes more and more a trust in joy within the present moment.  This joy is what I am.  This joy is eternal.

We are but petals on the lotus of life, green stalks of tendencies profane.
Roots set down in dark and deep, find sweetness now proclaim.
Illumination blooming, passions perfuming, was, is, and will always be,
The light of consciousness Infinity finds, the liberating will to be free.

El Obsequio de Amor Benevolente

El Obsequio de Amor Benevolente
Por
Ozmo Piedmont
Guadalajara, México

…Como una madre que lo protege con su vida
A su hijo, a su único hijo,
Igualmente con un corazón ilimitado
Deberíamos valorar todos los seres vivientes;
Irradiando benevolencia sobre todo el mundo. 
El Buda sobre Amor Benevolente del Metta Sutta (Salzberg)

Vivo en Guadalajara, México.  Por mi correspondencia con mi maestra espiritual La Rev. Maestra Meiten en Victoria, Canadá, y por mis estudios de las enseñanzas de nuestra fundadora La Rev. Maestra Jiyu-Kennett, me enteré de un lugar especial llamado La Abadía de Shasta, un lugar donde se puede experimentar la integración de las enseñanzas del Buda en la vida cotidiana.  Desde el primer momento que oí de La Abadía en el norte de California, de los Estado Unidos, y mirando fotos de sus montañas, monjes, salas de meditación, y comidas del medio día, me comprometí que un día la visitaría.  Me tardé tres años en lograr mi sueño, recogiendo fondos, cambiando trabajos, arreglando itinerarios, y haciendo reservaciones.  Pero por fin el día llegó cuando entré en La Abadía para un retiro de meditación de siete días para principiantes.  Me complacía mucho estar allí.  Ya encontré a gente viviendo sus ideales espirituales, cuidándonos con un amable respeto, demostrado por su uso continuo de una inclinación reverencial que se llama en japonés gassho.  Se la usa cuando uno está pasando los platos durante la comida, o cuando se entra en un cuarto, o durante las ceremonias, antes y después de la meditación, y al pasar frente al altar o imágenes sagrados.  Por medio de este simple ademán, aprendí el significado del amor benevolente.  
Sharon Salzburg, en su libro Loving-Kindness: The Revolutionary Art of Happiness, instruye a los lectores en el significado y práctica de metta, del Pali, el lenguaje del Buda, la cual significa “amor benevolente”.  Ella escribe: “La palabra metta en Pali tiene dos acepciones.  Una es ‘suave,’ como la lluvia suave que cae sobre la tierra…La otra es ‘amigo.’”(p. 30)  Cuando tratamos al mundo con amor benevolente, nos volvemos en “amigos suaves”, o amigos verdaderos, bondadosos, y  amables, los que se ayudan, se protegen, y se cuidan entre sí, un refugio cuando tenemos miedo.  
Mi propio miedo comenzó cuando pensaba en mi papá – ya cumpliendo más de ochenta años, diagnosticado con la enfermedad de Alzheimer.  Hacía poco sufrió un colapso y fue hospitalizado.  Mi familia y yo nos preocupábamos mucho por su salud y bienestar.  Esto me indujo a preguntarle a un monje durante el retiro como se podría dar consuelo a alguien enfrentando  el miedo y la preocupación por su muerte inminente.  Me respondió, “Busca el lugar del silencio y la impavidez en ti mismo.  Entonces podrás estar con otros, asegurándoles que no hay nada temer.”  Estas palabras me penetraron al corazón mientras que el retiro progresaba.  Me di cuenta que yo estaba buscando la paz y la tranquilidad, y la valentía para enfrentarme al desconocido. 
A la mitad del retiro, ofrecí a cambiar mi habitación del dormitorio de huéspedes por el piso de la sala de meditación, donde la gente medita varias veces al día frente a una estatua gigantesca del Buda con cuadros de bodhisattvas y seres divinos a su lado.  Había un participante enfermo el que necesitaba la calidez y confort del dormitorio para curarse de su gripe.  Lo consideraba una bendición tanto poder  ayudar a un miembro de la comunidad espiritual, como la oportunidad dormir cada noche a los pies del Buda.  En cierto sentido, me sentía que me vigilaba mientras dormía, mientras que al mismo tiempo yo vigilaba a otro durante su tiempo de necesidad.  Mis responsabilidades incluían llevarle comida tres veces por día.  Siempre tocaba a su puerta suavemente, sonreía, la pasaba la bandeja, le preguntaba por su salud, y luego me despedía con un gassho y un deseo por su rápida recuperación.  Pensé en lo irónico que  fue.  Todos sufrimos, como nos señaló el Buda, y todos buscamos la cura.  Somos tanto los enfermeros pacientes como los enfermos necesitando ayuda.  Este mundo inpermanente de samsara no puede ser nuestro refugio.  Por medio de la práctica espiritual, podemos superar nuestra enfermedad existencial, nuestro sufrimiento de adhesión a cosas pasajeras, para encontrar la paz. 
El retiro continuaba desplegándose mientras que yo trabajaba en el jardín al lado de los monjes y otros participantes.  Tuve la oportunidad de poner en práctica el amor benevolente durante todo el día.  Lavando los platos y las paredes, y barriendo el piso, todo llegó a ser una meditación de felicidad y participación comunal.  Los monjes eran ejemplos perfectos, guiándonos con palabras tiernas, recuerdos suaves, y ejemplificando la serenidad en acción. 
Al final del quinto día, sin embargo, mi corazón pesaba con la anticipación de ver a mi papá la primera vez desde su diagnosis.  En la oscuridad iluminado por una vela, me disponía para acostarme frente al altar del Buda, con la imagen de Kánzeon, la madre de compasión, a su izquierda, mientras que yo oraba por consejo: “Por favor, querido Buda, guíame en el camino de la serenidad.  Enséñame lo que necesito saber para servir.  Déjame ser tu mano de confort.”  Me cerré los ojos para dormir.  
Me desperté la próxima mañana del sexto día con una inexplicable ligereza del corazón.  Después de las meditaciones matutinas, comenzamos nuestra jornada de trabajo.  Todo me parecía tener un suave fluir de energía, muy natural y sin gran esfuerzo.  Quité el polvo de las paredes exteriores del templo, imaginándome que yo estaba quitándome el polvo del corazón.  Luego arranqué las malas yerbas del jardín, disfrutando el sol mientras trabajábamos juntos, enderezándome de vez en cuando para admirar la gama de colores y texturas bailando frente a mis ojos.  “Que bello,” pensé, “Todo es tan perfecto, esta gente, este lugar, este ritmo de vida.  Tal vez esto es lo más importante, amar cada momento y a cada persona de esta forma, simplemente hacienda lo que hay que hacer aquí y ahora, valorándonos el uno al otro, y abriéndonos a la paz, es todo lo que se necesita hacer.” Seguía mirando en silencio a la gente a mi lado.  Una en particular me parecía muy tranquila y en paz.  Era alta y muy etérea, un tanto como una princesa de hadas.  Con cuidado movía por el jardín, limpiando, arreglando, y arrancando las malas yerbas.  Me pregunté quién era.  No nos habíamos hablado durante el retiro entero, manteniendo la regla de silencio para que nuestras mentes pudieran aquietarse, volviendo la atención adentro.  Me pregunté qué la había traído aquí.  ¿Había encontrado lo que buscaba, su propio refugio?  ¿Qué llevaría de aquí cuando saliera? 
Luego durante la comido, me encontré sentado enfrente de ella.  Comimos en silencio, cada plato pasado de una persona a la otra acompañado con gasshos de reverencia.  Qué apreciado me sentía en la forma que la gente me pasaba los platos siempre con una ligera sonrisa cariñosa y un amable ademán de reverencia.  Pensé, “Guau, qué lindos.  Son un tesoro.  Estos según parecen extraños  se me han metido en mi corazón con su benevolencia.  Aunque hemos hablado poco durante la semana, me siento como si nos hubiéramos sido amigos desde siempre.  Me siento tan apreciado por ellos.”  Terminamos la comida y esperábamos la señal del monje que nos levantáramos.  El comedor se puso callado.  Desde arriba por las ventanas, el sol corría sobre la mesa.  Me levanté la cabeza, viendo el Monte Shasta en la distancia, vigilándonos.  En ese momento, la hada princesa delante de mí sacó de su bolsillo un pedacito de chocolate envuelto en papel dorado, poniéndolo con cuidado justo frente a mi.   “Para quién es esto?” me pregunté.  Miré a sus ojos.  Me sonrió como para decir, “Pues, claro, es para ti!”   De repente me sentí como un niño de cinco años extendiendo la mano con timidez para agarrar este obsequio.  Lo metí en el bolsillo de mi camisa, con un guiño del ojo para reconocer su amabilidad.  Ella inclinó la cabeza con un gesto de gassho y sonrió.
Mientras que nos levantábamos para salir, pensé, “Que amable.  Aunque no la conozco, nunca nos hemos hablado, y aunque no busca nada de mí, no tenía ninguna razón hacer lo que hizo, sin embargo, me ofreció este obsequio.”  Suponía que ella vio que yo estaba un poco pensativo y quería animarme, haciendo lo que es natural, como una madre para su niño.  Como resultado, me sentía una abertura de inocencia abrirse en el corazón.  Acepté esta benevolencia con apreciación, y me asombraba por su sencillez.  Caminando de regreso a la sala de meditación, desenvolví el pedazo de chocolate envuelto en papel dorado, dejándolo derretirse lentamente en la boca, saboreando su dulzura en la lengua.  Seguía contemplando este acto de benevolencia, dejando su lección derretirse en mi corazón, y de la misma forma, mi corazón comenzó a derretirse en lo Divino.   Me acosté en el colchón para el descanso de la tarde. Miré arriba a la cara del Buda, luego a la cara de Kánzeon.  La simplicidad pura de este obsequio de benevolencia seguía penetrándome al corazón.  Cerré los ojos e imaginaba la mano de Kánzeon abriéndose para mí, entregándome lo que yo necesitaba tanto, este regalo de amor benevolente.  Comencé a sentir lágrimas corriendo por mis ojos, deslizándose por las mejillas, cayendo en mi almohada abajo. Me di cuenta que estaba llorando por felicidad.  Me quedé allí varios minutes, sintiendo las lágrimas limpiándome el corazón, derritiéndome al yo chico interior.  “Así,” pensé, “esto es la Naturaleza Búdica mostrándose.  Esto es lo que significa Kánzeon.” Me sentí como si estuviera en un abrazo cariñoso, como un niño envuelto en los brazos de su mama, cerca a su corazón.  Me di cuenta que estos actos de bondad son manifestaciones de la Bodhisattva, Kánzeon.  Ella nos da sin expectativa.  La pura verdad en este simple gesto es la esencia de la curación, el acto de dar.  Le di gracias a Kánzeon por este obsequio, sabiendo ya el próximo paso que debería dar en mi camino espiritual. 
Volé por avión a Kansas City, Missouri, en Los Estados Unidos, para visitar a mis papás. Desde Guadalajara, México le traje a mi mamá un hermoso rebozo blanco pintado a mano.  La cubrí sus hombres suavemente y luego la abracé.  Ella brilló con agradecimiento.  La sonreí, sabiendo que lo llevaría puesto en la primera oportunidad que tenga a su reunión dominical en la iglesia, pavoneándose con orgullo por su hijo que acaba de traerla este regalo lindo desde tan lejos.  En los días siguientes, la observaría cuidando a mi papá, vistiéndole, protegiéndolo, y dándole de comer.  La podría ver lo mejor de ella como un ser humano, una mujer con la capacidad y un esfuerzo tremendo para hacer lo necesario para su querido esposo, a pesar de la incomodidad, preocupación, y estrés que la causaba.  Como la persona principal en el cuidar de mi papá, ella encarnaba dedicación y amor incondicional.  
Luego volteé a mi papá.  Allí estaba, debilitado por su enfermedad.  “¿Me reconocería?” me pregunté.  Le envolví en mis brazos y lo abracé fuertemente.  Me parecía un poco desorientado al principio, pero me miró a los ojos, sonrió, y pronunció mi nombre.  Nos sentamos juntos por un rato.  Había aquí el hombre tan importante a su comunidad, el gran abogado de renombre, el que había peleado las grandes batallas el los tribunales, ganándose una buena reputación y el respeto de su comunidad.  No obstante, ya se veía debilitado en mente y cuerpo, luchando solo para encontrar unas pocas palabras, sus manos temblando.  Luego durante el desayuno, derramó su café sobre su regazo.  “Por Dios,” dijo impulsivamente, mirando al cielo, implorando ayuda divina que pudiera intervenir en su beneficio, dándole la paciencia para continuar, luchando a mantener algún vestigio de dignidad.  Esta enfermedad le había quitado su trabajo, su orgullo, su poder y esfuerzo.  Ya hasta le costaba tanto esfuerzo sólo para levantar una taza de café.  Me extendí el brazo, poniendo mi mano sobre la suya para estabilizarla.   “¡Qué cambio!, pensé, “Los papeles están al revés.  Cuando yo era niño el me había ayudado a comer y beber, tomándome la mano en la suya para estabilizarla también.  Y ya hago lo mismo para él.”
Pasamos varios días juntos.  Le abracé y le toqué mucho.  Me senté a su lado para leer en voz alta de un libro de arte con fotos de cuadros muy coloridos.  A veces deslizaba su dedo al lado de mi mano, tocándome el dorso de la mano con suavidad.  Ya no más nos importaban los argumentos y confrontaciones de mi juventud.  En su lugar, ya podíamos simplemente estar juntos, compartiendo el silencio, una manera de entendernos y sentir un bienestar, con gratitud, por la vida.  “Me vas a consentir demasiado”, me dijo un día, mientras que paseábamos, uno de mis brazos entrelazado en el suyo.  “Pues, claro que sí”, le respondí, “te lo mereces.” 
¿No es lo mismo para todos nosotros?  ¿No merecemos todos sentirnos valorados, amados, y honorados?  ¿No es esto lo que de verdad buscamos, sentir esta valoración incondicional que sólo puede surgir del corazón, nuestra Naturaleza Búdica?  Esto fue el obsequio curándonos, para él y para mí.  Podríamos simplemente amarnos el uno al otro.  De hecho es lo único que tenemos en este mundo.  El cuerpo muere.  Las ilusiones de poder y control se esfuman.  Lo que queda es el amor, sin pretensiones, expectativas, ni prejuicios. 
Cuando nos despedimos, él estaba sentado en el asiento del pasajero delantero del carro al lado de mi mamá, ella al volante, yo atrás.  Me extendí por encima del respaldo del asiento para besar a mi mamá en su mejilla.  Luego me dirigí a mi papá.  Radiante, él se extendió a mí, extendiéndose los labios con todo corazón, besándome en la mejilla.  Le miré a sus ojos.  “Adios,” le dije.
Nunca sabemos el impacto que el amor benevolente pueda traer.  En medio de nuestra condición humana, nuestras debilidades e incomodidades, descubrimos las bendiciones.  Llegamos a ver la cara verdadera de los que queremos: la devoción cuidadosa de mi mamá, la apreciación tierna de mi papá, y un extraño ofreciendo un obsequio de ternura.  Amor benevolente se extendió sobre la mesa un día, ofreciéndome  un pedazo de chocolate.  Amor benevolente abrazó a mi mamá con un rebozo cálido, le estabilizó la mano de mi papá, y me besó adiós a la mejilla.  Esto es lo que nos obsequiamos, estos ademanes sencillos que expresan lo Eterno, llegando a ser nuestro refugio.  Lo que se da, se vuelve.  Es el obsequio radiante del amor. 
Que todos los seres tengan salud, felicidad, y paz.  
Que todos los seres sean libres de pesar y dolor.
Que todos los seres tengan buena fortuna continua. 
Que todos los seres acepten todas las cosas como son.  

Obras citadas:
Salzberg, Sharon.  Loving-Kindness: The Revolutionary Art of Happiness.  Shambala: Boston and London, 2008.